Max Navarro ADVERTENCIA: Si usted todavía cree que el sindicalismo tico de hoy tiene algo que ver con la dignidad obrera, mejor cierre esto ya y váyase a prenderle una candela a Rerum Novarum, porque aquí no viene un análisis, viene un funeral, y en los funerales, para que sepa, no se llora al muerto, se le cuentan las mentiras en la cara. Garrapatas con carné sindical: la vergüenza que se firma con sello y todo Vieras que risa da, de esa que duele, ver cómo algo que nació para defender al trabajador terminó convertido en una cueva de logias políticas disfrazadas de gremio. Porque sí, hubo un tiempo en que el sindicalismo costarricense tuvo sentido: jornadas dignas, salarios que no fueran una burla, derechos que hoy cualquier mequetrefe da por sentado sin saber que alguien los peleó de verdad, no en un comunicado de Facebook con emojis de puño cerrado. Eso existió. Fue real. Y por eso mismo lo que viene ahora no es solo indignante, es una traición con nombre y apellido a esa gente que sí luchó, que sí sudó, que sí creyó. El virus que les comió el alma Porque un día llegó el virus. Y como todo virus tico que se respete, no llegó con bandera visible ni con aviso previo, llegó vestido de “unidad”, de “lucha conjunta”, de puro discurso bonito para tapar lo feo. Y ahí fue que el sindicalismo puro, el de antes, el que peleaba por el salario y por la jornada, se transformó en otra cosa: en una gerencia de intereses que ya no necesita representar a nadie, solo necesita seguir viva, seguir cobrando, seguir teniendo silla en la mesa donde se reparten los favores. Y como toda metástasis que se respete, no pide permiso: se expande célula por célula, cuenta por cuenta, hasta que el cuerpo que alguna vez fue sano ya ni se reconoce a sí mismo en el espejo. Hoy esas cúpulas no luchan por el agremiado, luchan por sobrevivir ellas mismas, y el pobre diablo que paga su deducción de planilla cada mes sigue creyendo que financia una causa, cuando en realidad lo que está pagando es el suero del tumor. El pactito que ya todos sabemos No me voy a extender aquí, porque ya le dediqué un monólogo entero a esta payasada, pero hay que mencionarlo aunque sea de pasadita, como quien menciona al ex tóxico en una fiesta: la firma de ese pacto entre la oposición política y las cúpulas sindicales fue la confesión notariada, con fecha y firma, de que aquí ya no queda sindicalismo, lo que queda es maquinaria electoral con logo de asociación. Ese papelito no lo consultaron con nadie, lo cocinaron entre cuatro paredes los mismos de siempre y después se lo bajaron al agremiado como quien le avisa al ganado hacia dónde va a pastar hoy. Ese pacto no defiende salarios, defiende cuotas de poder. Ya, dicho está, sigamos con lo bueno. El primero de mayo que los desnudó a todos Y aquí está la prueba que no necesita ideología, solo necesita memoria: este pasado primero de mayo. Usted que ya tiene sus años recordará cómo hace apenas una década había que abrirse paso entre la multitud porque los trabajadores organizados eran un mar de gente, y las consignas eran clarísimas: mejor salario, mejores condiciones, respeto laboral. Este año hubo más espacio para estacionar que gente marchando, y eso no es porque el costarricense dejó de creer en la lucha obrera, es que dejó de creer en estos vividores que dicen representarla. Porque lo que se escuchó este primero de mayo ya no eran consignas de trabajadores pidiendo dignidad, eran consignas politiqueras de dirigentes sindicales y politicastros dándose la mano para seguir metiendo la mano en la bolsa del Estado. Privilegios anuales sin ningún sustento técnico, direcciones financieras que se acomodan según a quién le convenga estar cerca en ese momento, banderas partidarias donde antes había pancartas gremiales de verdad. Cada primero de mayo que pasa se ven más flacos, más viejos, más solos, como esos parásitos que cuando el huésped empieza a agonizar, en vez de cuidarlo, se apuran a chuparle lo último antes de que el cuerpo deje de servirles de algo. Garrapatas en el lomo de una vaca que ya casi no da leche, pero que siguen prendidas ahí, tercas, hasta que la vaca colapsa o alguien por fin las arranca a la fuerza, que es exactamente lo que está empezando a pasar. Las voces de los que ya no aguantaron Y aquí es donde dejo de ser yo el único despotricando, porque hay gente que vivió esto por dentro y lo cuenta mejor que cualquier columna mía. Me han escrito varios lectores, gente que fue agremiada por años, que pagó su cuota religiosamente, que creyó en la causa, y que hoy hablan desde la decepción más profunda. Una educadora, agremiada de ANDE, me lo dijo sin rodeos: ya no quiere seguir aportando dinero a instituciones que, en sus propias palabras, no buscan el bien del país. Y agregó algo que debería darles escalofríos a las cúpulas: que poco a poco esos partidos y organizaciones se van quedando sin gente, porque muchos están viendo materializarse un país distinto, mejor, sin ellos. Pero lo que más golpea es lo que contó sobre APSE: que vio con sus propios ojos un vehículo con el logo institucional participando en la marcha del orgullo, financiado con dinero de los afiliados, sin que a ella ni a nadie se le preguntara absolutamente nada. “Me siento traicionada, así… traicionada”, me escribió. Y no hace falta que yo le ponga adjetivos a esa frase, la traición ya viene incluida de fábrica. Un educador jubilado, también de APSE, me compartió algo todavía más interesante: que él nunca fue de extremos, que cree en los derechos de los demás, pero que los extremos son peligrosos, y que se salió del sindicato por decisión propia, convencido de que ya no sirve para nada, ni ese ni ANDE ni SEC. Y lo que más me llamó la atención fue el recuerdo histórico: nunca, jamás, en años de existencia, esos tres gremios lograron ponerse de acuerdo entre ellos mismos para negociar con los gobiernos de turno, porque cada uno defendía su propia cuota de poder. Y ahora, de repente, aparecen firmando pactos conjuntos con partidos políticos como si la unidad repentina no fuera la evidencia más obvia de que aquí lo que se negoció no fueron derechos laborales, sino repartición de intereses. Como él mismo lo resumió, con una ironía que yo no podría mejorar: mentiras disfrazadas de verdad. Otro lector, también ex agremiado de ANDE, contó algo que debería ser vergüenza nacional: que cuando necesitó ayuda real para asuntos médicos, el sindicato le dio la espalda. Años pagando religiosamente, y cuando por fin necesitó algo, nada. Y remató con un dato que resume perfectamente el modelo de negocio sindical actual: que cuando alguien se pensiona y va a reclamar algo de lo que aportó por años, no le dan ni cien colones. Buen negocio, en efecto, para quien cobra la cuota. Pésimo negocio para quien la paga. Y el testimonio que mejor documenta el proceso de descomposición es el de un lector que marcó la fecha exacta: antes del 2015, ANDE era una asociación que funcionaba bajo principios democráticos genuinos, enfocada en la calidad educativa y el bienestar de sus agremiados. A partir de esa fecha se convirtió en sindicato, y desde entonces ha evolucionado negativamente hasta dejar de representar los intereses reales de los andinos. Y con la firma del pacto reciente, sin consulta alguna a las bases, ese lector ya tiene lista su renuncia irrevocable a una organización que, en sus propias palabras, alguna vez amó, sirvió y sostuvo económicamente. Cuatro testimonios. Cuatro personas distintas. Cuatro historias que no se pusieron de acuerdo entre sí para coincidir exactamente en lo mismo: decepción, traición, abandono, y la certeza de que aquello que conocieron ya no existe. El país despierta, ellos agonizan Y aquí está la ironía más deliciosa de todo este circo barato: mientras más se aferran estos sindicatos a los partidos políticos para mantener su discurso agresivo y amenazante contra el Estado, más se les nota la desesperación de garrapata que sabe que la vaca ya casi no tiene sangre. Porque eso es exactamente lo que es esta alianza entre cúpulas sindicales y oposición: el último manotazo de un parásito que, al ver que su huésped se le seca debajo de las patas, decide amarrarse a otro animal más grande para no dejar de chupar. No es fortaleza, mis estimados, es pura supervivencia parasitaria disfrazada de convicción política. Pero no contaban con que este país, testarudo como pocos, cada día se despierta un poquito más. Cada primero de mayo con menos gente en las calles, cada renuncia irrevocable escrita a mano, cada testimonio de un agremiado harto, es un clavo más en un ataúd que ellos mismos construyeron a punta de traicionar a las bases que los sostuvieron por décadas. Se llenaron de política cuando debieron llenarse de propuestas. Se llenaron de privilegios cuando debieron llenarse de resultados. Y ahora, cuando el país entero les está viendo la cara, se agarran de partidos moribundos como dos cadáveres tomados de la mano, creyendo que así van a parecer un cuerpo con vida. No lo van a lograr. Porque no hay maquillaje político que reanime lo que ya está podrido por dentro hasta el tuétano. Y porque el costarricense de a pie, ese que paga su cuota cada mes sin que nadie le pregunte nada, ya empezó a hacerse la pregunta que estas cúpulas más temen: ¿para qué les sirvo yo a ustedes, si ustedes ya no me sirven a mí? El día que esa pregunta se generalice del todo, y ya va bien encaminada, no va a quedar una sola garrapata sobre esta vaca que sobreviva al invierno. Y ese día no habrá que llorarlo, señoras y señores, habrá que celebrarlo con champán barato, porque no será una tragedia nacional, será apenas la justicia más elemental cayéndoles encima con todo el peso que se ganaron, cuota por cuota, traición por traición. Navegación de entradas LEASE BAJO SU PROPIO RIESGO…