Max Ovares DE CUANDO YO CREÍA EN ESTO Cuando salí del colegio y empezaba a caminar hacia ese mundo universitario que a uno lo recibe con más preguntas que certezas, conocí al Frente Amplio. No al de ahora. Al de José Merino del Río. Ese hombre con el que daba gusto sentarse a escuchar, porque entendía de lo que hablaba, y porque te dejaba pensando horas después de que terminara de hablar. No vendía consignas vacías, vendía argumentos, y eso, en la política costarricense, siempre ha sido un bien escaso. Y como todo joven en esa edad en la que uno todavía cree que el mundo se arregla con suficiente indignación, me sentí atraído por el discurso de “soltarse del control del capital”, por la idea de pertenecer a un bloque que tenía argumentos sólidos para cuestionar el sistema. No me arrepiento de haber pensado eso entonces. Uno tiene que pasar por esa etapa para después poder distinguir, con los años, entre una izquierda que piensa y una izquierda que actúa. Pero las cosas cambian. Merino se fue a su plano astral, y lo que quedó detrás —Patricia Mora y su pupilo José María Villalta— tomaron ese partido y lo convirtieron en otra cosa. Ya no era el espacio de pensamiento crítico que yo recordaba. Se transformó en una especie de pulpería ideológica de barrio, donde cabe cualquier causa, cualquier bandera, cualquier consigna prestada, siempre que sirva para sumar votos o ruido mediático. Y ahí fue cuando uno, inteligentemente, decide bajarse de ese bus. Porque el camino había cambiado de ruta, y se estaba desviando hacia un lugar lleno de contradicciones sociales y políticas que ya no se podían justificar con nostalgia. POR QUÉ CUENTO ESTO ANTES DE MOSTRARLES LAS PRUEBAS No traigo esta historia como nostalgia decorativa para ablandar al lector antes del golpe. La traigo porque explica algo que un análisis frío de declaraciones no puede explicar por sí solo: yo escuché de primera mano la versión original de ese discurso, cuando todavía tenía coherencia interna. Sé distinguir cuándo el Frente Amplio habla con una doctrina pensada detrás, y cuándo habla improvisando una respuesta de relaciones públicas. Y esa distinción es exactamente lo que necesitamos para entender lo que viene. Porque esa contradicción que yo sentí entonces, de forma casi intuitiva —que algo no terminaba de cerrar entre lo que el partido decía ser puertas adentro y lo que vendía puertas afuera—, hoy ya no hace falta intuirla. La pusieron ellos mismos en bandeja de plata, con fecha, hora y declaraciones grabadas. Vamos a los hechos. EL 26 DE FEBRERO, PATRICIA MORA DIJO LO QUE EL FRENTE AMPLIO NUNCA QUIERE QUE VOS RECUERDES El febrero pasado, el presidente Rodrigo Chaves cuestionó públicamente al Frente Amplio en su tradicional conferencia de prensa de los miércoles. Patricia Mora, presidenta del partido, salió a responderle. Y en medio de su respuesta, sin que nadie se lo preguntara directamente, soltó la frase que debería estar tatuada en la portada de cada nota que se escriba sobre el FA de aquí a la próxima elección: se siente honrada de provenir y de ser heredera de una izquierda comunista. No fue un exabrupto aislado ni un micrófono caliente. Fue una afirmación construida, con orgullo declarado, en la que además insistió en sentirse orgullosa de esa izquierda a la que en más de 95 años de existencia nadie le ha podido señalar un acto de corrupción o de deslealtad con el país. Noventa y cinco años. Hagan la cuenta: eso ubica las raíces ideológicas que ella reivindica directamente en la tradición del Partido Comunista costarricense de los años treinta, fundado por su propio padre, Eduardo Mora Valverde, una de las figuras históricas del comunismo tico. No es metáfora. No es exageración de columnista acidito. Es genealogía política que ella misma reclama con nombre propio. Guardemos eso. Comunista, orgullosa, heredera, sin matices. ABRIL: VILLALTA SALE A APAGAR EL INCENDIO QUE SU PROPIA PRESIDENTA ENCENDIÓ Avancemos seis semanas. Un periodista del medio Inforame le insiste a Villalta en una entrevista que el Frente Amplio es comunista. Y Villalta, en vez de explicar la herencia que su propia presidenta acababa de reivindicar con orgullo, se ofende. Se ofende de verdad, como quien recibe un insulto y no una pregunta periodística legítima. Le responde al periodista que “vas a seguir con esas tonteras”, que el Frente Amplio es un partido democrático, un partido humanista, un partido que promueve la justicia social en el marco de la democracia. Tontera. Esa fue la palabra que usó para describir la pregunta. La misma pregunta que su presidenta había respondido sin que nadie se la hiciera, semanas antes, con la palabra “comunista” saliendo de su boca sin ningún pudor. Y no se quedó ahí. Para reforzar la jugada, remarcó que el Frente Amplio es el único partido en la Asamblea Legislativa cuyas diputaciones no tienen ningún cuestionamiento ni causa penal vinculada al crimen organizado, presumiendo de una hoja de vida absolutamente limpia frente a los demás partidos. Miren la jugada retórica: no responde la pregunta, cambia el tema hacia una supuesta superioridad moral, y espera que nadie note que evadió por completo el punto. Es el clásico truco del estudiante que no estudió para el examen y en vez de contestar la pregunta, te cuenta lo ordenado que tiene el cuaderno. Lo curioso —lo delicioso, diría yo— es que un medio digital hizo exactamente el ejercicio periodístico que correspondía: puso ambas declaraciones una al lado de la otra. Y el titular que escribieron lo resume mejor de lo que cualquier columna podría hacerlo: mientras Villalta se desmarca del comunismo, Patricia Mora expresa su orgullo de serlo. Esa nota, publicada apenas un día después de la entrevista de Villalta, ya tenía la contradicción servida. Y cuando le consultaron directamente a Villalta sobre esto, él insistió en que el partido promueve la justicia social dentro del marco de la democracia y que mantiene diferencias con gobiernos que no respetan los derechos fundamentales, citando además su distancia crítica con el régimen de Nicaragua. Es decir: cuando lo acorralan con la contradicción de su propia presidenta, Villalta no la explica. La esquiva señalando a otro país. Eso no es argumento, eso es prestidigitación verbal. POR QUÉ ESTO NO ES SOLO UN PROBLEMA DE COMUNICACIÓN INTERNA DEL FA Aquí es donde alguien del Frente Amplio, leyendo esto con la sangre ya hirviendo, va a querer salir a decir que estoy sacando las cosas de contexto, que Mora hablaba de su biografía personal y no del partido, que son matices, que son lecturas malintencionadas de un columnista de derecha disfrazado de independiente. Vamos a anticiparnos a esa defensa, porque ya la escuché demasiadas veces. No es un problema de matices. Es un problema de definiciones, y las definiciones importan en política tanto como importan en medicina: si llamás “vacuna” a un placebo, alguien se puede morir confiando en la etiqueta equivocada. El comunismo, entendido como sistema de organización política y económica —no como la palabra bonita y nostálgica que algunos usan en sobremesas familiares— tiene una característica que ningún manual de ciencia política seria discute: en su aplicación histórica, real, documentada, en todos los casos donde se implementó de forma consecuente, terminó concentrando el poder en un partido único, eliminando la alternancia, suprimiendo la prensa libre y persiguiendo a la disidencia. Eso no es una opinión mía. Es la experiencia acumulada de Cuba desde 1959, de Venezuela desde que el chavismo decidió que el comunismo del siglo XXI era el camino, y de Nicaragua, el mismo país que Villalta usa como ejemplo de “lo que el FA no es” cuando le conviene, pero cuyo régimen sandinista comparte raíces ideológicas, retórica y métodos con la tradición que Mora reivindica con orgullo. ¿Democrático? La democracia no se mide por cuántas veces un partido repite la palabra en sus comunicados. Se mide por la existencia real de alternancia en el poder, de elecciones competitivas sin proscripción de candidatos, de prensa que pueda criticar al gobierno sin terminar presa o exiliada, de un poder judicial independiente del partido gobernante. Ningún país que haya implementado un modelo comunista consecuente ha sostenido esos cuatro pilares simultáneamente por más de una generación. Ninguno. Si el Frente Amplio quiere decir que es “democrático” y al mismo tiempo reivindicar con orgullo su herencia comunista, tiene la obligación de explicar ese divorcio entre la etiqueta y la historia. Hasta ahora, lo único que han ofrecido es indignación selectiva cuando alguien hace la pregunta incómoda. ¿Humanista? Esa es, sinceramente, la palabra que más debería darles vergüenza usar. El humanismo, como tradición filosófica, pone al individuo y su dignidad en el centro, por encima de cualquier maquinaria estatal o partidaria. El comunismo aplicado en la práctica latinoamericana hizo exactamente lo contrario: trató al individuo como una pieza al servicio del proyecto colectivo definido por el partido, y esa lógica se le aplica de dos formas según el caso. Al que se sale de la línea, lo etiqueta de traidor, de contrarrevolucionario, de enemigo del pueblo. Al que le sirve, lo usa mientras le sirve. Esa segunda forma es la que opera hoy, intacta, en la izquierda identitaria latinoamericana con sus minorías sociales. No las persigue como al disidente, las instrumentaliza como al aliado útil: las levanta como estandarte cuando necesita una consigna para la pancarta o un titular para el cierre del noticiero, convierte a comunidades enteras —mujeres, población migrante, diversidad sexual, pueblos indígenas— en torres de moral social, en la prueba viviente de que “ellos sí representan a los de abajo”. Pero en la práctica cotidiana, una vez que la consigna cumplió su función mediática, esas mismas comunidades quedan exactamente donde estaban: sin política pública real, sin presupuesto ejecutado, sin soluciones concretas a sus problemas concretos. Es el mismo desprecio por el individuo que describíamos arriba, solo que disfrazado de cariño en vez de declarado como condena: se les convierte en peones de un tablero discursivo que no les pertenece, y en los peores casos, en primera línea de marcha y confrontación, mientras la dirigencia que diseñó la consigna observa desde una distancia prudente, recogiendo el rédito político sin asumir el riesgo. Eso no es defender minorías. Es subcontratarlas para sostener un relato. Pregúntenle a cualquier cubano que haya pasado por una UMAP, a cualquier venezolano que hoy hace fila para salir del país por la frontera con Colombia, a cualquier nicaragüense exiliado en Costa Rica —y son miles, viviendo entre nosotros— si el modelo que persiguió a sus familias les pareció “humanista”. La respuesta ya la sabemos. LA PULPERÍA IDEOLÓGICA Y EL MONSTRUO QUE TERMINÓ SIENDO Volvamos a esa imagen que mencioné al principio, porque resume mejor que cualquier párrafo técnico lo que el Frente Amplio se convirtió. Dejó de ser el espacio de pensamiento estructurado que uno escuchaba con atención en boca de Merino, y se transformó en una pulpería ideológica donde se vende de todo: feminismo light cuando conviene, ambientalismo de pancarta cuando hay cámaras, defensa de derechos humanos cuando el régimen señalado es de derecha, y comunismo con orgullo cuando hablan en confianza, pero “tontera” si alguien se atreve a repetirlo en una entrevista formal. Esa incoherencia no es un detalle cosmético. Es la prueba de que el partido ya no responde a una doctrina pensada, sino a una estrategia de mercadeo político: decir lo que cada audiencia quiere escuchar, según el micrófono que tengan enfrente. Eso no es ideología, es maquillaje aplicado con brocha gorda. Y lo más grave es que esta dinámica no se queda en el plano discursivo. La he visto operar, con el mismo patrón de doble cara, en cómo el FA presiona instituciones, cómo maneja sus relaciones con gremios y municipalidades, cómo construye narrativas de víctima cada vez que pierde una votación legítima en la Asamblea. El partido que nació para cuestionar privilegios terminó convertido en una estructura que vive succionando relevancia política del Estado y del descontento ciudadano, sin ofrecer ya ninguna claridad doctrinaria sobre lo que realmente representa. Eso, en términos llanos, no es un partido político con vocación de gobierno. Es un parásito ideológico que necesita un anfitrión —el Estado, los medios, la indignación ajena, y hasta las propias minorías que dice defender— para seguir respirando, porque por sí solo, sin esa contradicción permanente entre lo que dicen ser y lo que confiesan ser cuando bajan la guardia, ya no tiene nada propio que ofrecerle al país. La próxima vez que alguien del Frente Amplio les diga, con la mano en el pecho, que son “demócratas humanistas”, solo hace falta una pregunta para desarmar el libreto completo: ¿democrático y humanista según Villalta en abril, o comunista y orgulloso según Mora en febrero? Porque las dos cosas, al mismo tiempo, no existen. Y la historia de América Latina ya nos enseñó, con demasiada sangre y demasiado exilio, cuál de las dos versiones termina imponiéndose cuando el comunismo deja de ser una palabra bonita en una entrevista y se convierte en un proyecto real de poder. Maximiliano Ovares.Search Intelligence & AI Strategy Architect Navegación de entradas Léase bajo su propio riesgo.