Autopsia de una frase que colapsa apenas entra en contacto con la realidad

La misma democracia que, cuando no les da el resultado que quieren, deciden llamar fascista.
Imagen por Max Ovares

Sí, yo también me sorprendí cuando leí lo que alguien, en este país, en este año, decidió publicar con total seriedad la siguiente joya intelectual:

“Prefiero que me llamen comunista a que me llamen fascista. Eso sí da asco y vergüenza.”

Y uno no sabe si leerla como una opinión política, como una confesión involuntaria o como un accidente histórico en tiempo real.

Porque para empezar, estamos hablando de Costa Rica. No de la Italia de Mussolini. No de la Alemania de Hitler. No de la España de Franco. Estamos hablando de la Costa Rica de las presas, los huecos en las carreteras, las fila eternas en los cajeros del Banco nacional y las discusiones sobre cualquier cosa menos la que importa.

Sin embargo, alguien sintió la necesidad urgente de presentarse como si estuviera participando en la gran batalla ideológica del siglo XX.

Y ahí es donde comienza el problema.


El detalle que convenientemente desaparece: el contexto

Toda frase existe dentro de un contexto.

Esa frase tendría sentido si alguien estuviera enfrentando fascismo real.

Un régimen que cierre medios de comunicación.

Que encarcele opositores.

Que elimine elecciones.

Que convierta la disidencia en delito.

Que persiga adversarios políticos.

¿ Está pasando eso acá? ¿Ahora mismo?

Ese sería un contexto razonable para que alguien dijera algo así.

Pero no estamos en ese escenario.

Lo que ocurrió en Costa Rica fue algo muchísimo más simple y muchísimo más traumático para algunos sectores: hubo una elección y la perdieron.

Eso es todo.

Y como el resultado no coincidió con lo que cierta gente quería, apareció la explicación favorita de los malos perdedores desde que existe X: “Ganó el fascismo.”

Y con ese pequeño acto de magia, millones de personas que simplemente votaron distinto quedaron convertidas en fascistas de un día para otro.

-El taxista.

-La enfermera.

-El comerciante.

-El estudiante.

-La señora que vende empanadas.

-El vecino.

-Todos fascistas, aparentemente.

Porque marcar una casilla electoral distinta ahora equivale a fundar el Tercer Reich con olor Pinto con huevos.

Hay que reconocer que es una teoría creativa.

Ridícula, pero creativa.


Fascismo no significa “persona que no votó como yo”

Existe una costumbre cada vez más frecuente de usar la palabra “fascista” como si fuera simplemente la versión sofisticada de “me cae mal”.

Pero el fascismo no es un insulto genérico.

Es un fenómeno histórico específico.

Tiene características concretas.

Tiene nombres.

Tiene historia.

Cuando alguien llama fascista a cualquier persona que apoye un gobierno que no le gusta, no está haciendo análisis político.

Está demostrando que utiliza conceptos históricos exactamente igual que un mono utiliza una llave inglesa: golpeando cosas al azar.


El pequeño detalle que nunca aparece cuando se habla del comunismo

Ahora viene la parte verdaderamente curiosa.

Porque quienes se escandalizan cuando alguien les dice “comunistas” suelen ser exactamente los mismos que no tienen ningún problema en llamar fascista a medio país.

Es decir: Que los llamen comunistas es una ofensa intolerable.

Pero llamar fascistas a millones de votantes es análisis político avanzado.

Interesante estándar.

Más interesante aún cuando muchos de los referentes ideológicos que admiran han pasado décadas definiéndose a sí mismos como socialistas, marxistas o comunistas sin ninguna necesidad de ayuda externa.

Pero dejemos eso de lado por un momento.

Hablemos de historia.

Porque el comunismo tampoco llega con las manos limpias.

-La Unión Soviética de Stalin.

-La China de Mao.

-La Camboya de Pol Pot.

-La Cuba de partido único.

Décadas de represión política.

-Millones de muertos.

-Hambrunas provocadas.

-Campos de trabajo.

-Persecución de disidentes.

-Ausencia de elecciones libres.

No son opiniones. No son panfletos. No son cadenas de WhatsApp.

Son hechos históricos documentados.

Por eso resulta fascinante escuchar a alguien afirmar que uno de esos sistemas le produce asco mientras el otro le parece una alternativa moralmente superior.

La pregunta inevitable es: ¿Qué parte exactamente de la historia decidió saltarse para llegar a esa conclusión?


El mecanismo mental detrás del asunto

Lo verdaderamente interesante no es la frase.

Es el razonamiento que la produce.

Existe un sector político que desarrolló una teoría extraordinariamente cómoda sobre la democracia.

Funciona así:

-Si gana quien ellos apoyan, el pueblo habló.

-Si gana quien no apoyan, el pueblo fue manipulado.

-Si obtienen votos, es conciencia ciudadana.

-Si los pierden, es fascismo.

-Si convencen a alguien, es educación política.

-Si no convencen a nadie, es culpa de la desinformación.

Es un sistema perfecto porque elimina cualquier necesidad de autocrítica.

Nunca hay que preguntarse por qué las propuestas no conectan o por qué preguntarse por qué la gente vota diferente. Nunca hay que revisar errores propios.

La culpa siempre está afuera.

Y el diagnóstico siempre es el mismo.

Fascismo.

Como quien diagnostica gripe a todo paciente sin siquiera revisar síntomas.


La ironía que merece un monumento

Hay algo particularmente gracioso en todo esto.

Los mismos que detectan fascismo en cada votante del oficialismo suelen mostrar una paciencia casi infinita con gobiernos de izquierda que concentran poder, restringen libertades, persiguen opositores o eliminan controles democráticos.

Cuando eso ocurre, aparecen los matices.

Los contextos, las circunstancias históricas, las complejidades geopolíticas y las interpretaciones alternativas.

La palabra fascismo desaparece misteriosamente del vocabulario.

Parece que el problema nunca fue el autoritarismo.

El problema era quién lo ejercía.


El verdadero daño de banalizar las palabras

Y aquí está el fondo del asunto.

Cuando todo es fascismo, nada es fascismo.

Cuando la palabra se usa para describir cualquier gobierno que no gusta, cualquier resultado electoral adverso o cualquier persona que piensa distinto, termina vaciándose de significado.

Se convierte en ruido.

En un simple y vano insulto más.

En una etiqueta desechable.

Y entonces ocurre algo peligroso: el día que aparezca algo que realmente merezca esa descripción, ya nadie tomará la advertencia en serio.

Porque la palabra habrá sido gastada en discusiones de Facebook, elecciones perdidas y berrinches ideológicos.


La ironía final

La frase que abrió este texto pretende sonar valiente.

-Pretende sonar profunda.

-Pretende transmitir una posición moral elevada.

Pero cuando se la somete a la prueba más básica de todas, la realidad, se desarma sola.

Porque no nace de un análisis histórico.

Nace simplemente de la incapacidad de aceptar que una gran cantidad de personas pueden pensar y votar distinto sin convertirse automáticamente en monstruos políticos.

Y la ironía más grande de todas sigue siendo la misma: La democracia que algunos desprecian es exactamente la que les permite despreciarla, insultar a quienes votaron diferente y publicar frases grandilocuentes sin que absolutamente nada les ocurra.

Esa libertad que dan por sentada no existe por accidente.

Existe precisamente porque vivimos en una democracia.

La misma democracia que, cuando no les da el resultado que quieren, deciden llamar fascista.

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