Max Ovares ADVERTENCIA: Este monólogo va dedicado a aquellos que se creen la voz de todo un pueblo. Pueblo que está cansado de que lo agarren como punching ball ideológico, de que le digan qué pensar, cómo sentir y hasta cómo definir lo que es una mujer, un hombre o una familia. Si usted es un FA-natico, mejor vaya calentando la ducha, métase en posición fetal, y llore, llore y llore a más no poder, porque lo que viene no tiene anestesia ni cita previa con la Caja. Costa Rica en Ginebra le dijo “no” al circo progre y el partido color pollito sigue sin encontrar el pañuelo El pasado 8 de julio, en Ginebra, Costa Rica hizo algo que hace rato no se veía. Gustavo Corella Cordero, consejero de nuestra Misión Permanente ante la ONU, se paró frente al Consejo de Derechos Humanos y dejó registrado, con nombre y apellido, que términos como “interseccionalidad”, “violencia reproductiva” y “masculinidad patriarcal” no están definidos ni acordados en ningún tratado internacional vinculante. Ojo con esa frase. No es que Costa Rica odie el diálogo internacional. Es que no está dispuesta a que le metan de contrabando, por la ventana y sin pasar por la Asamblea Legislativa, una ideología que ni el propio derecho internacional se atreve a firmar con nombre propio. La delegación fue clara: incorporar esos conceptos “progresivamente como criterios normativos” podría representar una expansión no autorizada de los tratados. Traducción para la gente de a pie: nadie eligió a un comité de Ginebra para redefinir la familia, el género o la maternidad por decreto. Y sobre “género”, la cereza del pastel: Costa Rica se atiene al artículo 7.3 del Estatuto de Roma, que habla de dos sexos, masculino y femenino. Nada de menús con cuarenta opciones. Biología, no encuesta de Instagram. Detrás hubo gestión real: trabajo legislativo de la diputada Kattya Mora, y el respaldo de la presidente Laura Fernández. Aplausos merecidos, sin medias tintas. El llanto profesional del partido color pollito Y como no podía faltar, apareció el coro de siempre. Un férreo fanático del Frente Amplio salió a decir que “sintió vergüenza” al escuchar la intervención. Que él “también es Costa Rica” y que esa voz “no habló por él”. Qué tragedia griega, de verdad. El señor frente amplista sufriendo en Facebook porque un funcionario dijo, en Ginebra, que la biología existe. Nos suelta el combo de siempre: que esos términos “forman parte del trabajo de la ONU, la OMS, ONU Mujeres”, como si un comité con nombre bonito convirtiera automáticamente cualquier ocurrencia semántica en ley sagrada. Con esa lógica, cualquier ocurrencia de cualquier oficina con logo elegante ya sería palabra de Dios. No, compañero, así no funciona el derecho, funciona la propaganda. Y remata con la joya de su repertorio: que llamar “ideología” al desarrollo de los derechos humanos también es una postura ideológica. Qué revelación, qué profundidad, qué tesis de posgrado sacada de un meme reciclado mil veces por la misma tribu. Decir esa frase ES, precisamente, una ideología, y ni siquiera se da cuenta de la trampa en la que él mismo cayó. Muérdase la cola, ahí anda dando vueltas desde hace rato. Después llega con estadísticas de embarazo adolescente, como si rechazar un término mal definido en Ginebra fuera lo que embaraza niñas en Costa Rica. Esa es la trampita de manual: agarrar un dolor real, pegarlo con cinta adhesiva a una discusión semántica internacional, y hacerle creer a la gente que cuestionar la jerga de la ONU es estar contra la salud de las adolescentes. Manipulación barata, con moño de indignación. No representa ni a su propio barrio Dice, con solemnidad de mártir de barricada, que “ningún gobierno tiene el monopolio de la voz de Costa Rica”. Correcto, mi estimado. Pero usted tampoco, y ese es justo su problema: se cree con más derecho a hablar por el pueblo que el pueblo mismo. Ahí está el chiste de fondo del Frente Amplio y su cofradía de indignados permanentes: se proclaman conciencia moral de cinco millones de costarricenses, cuando en las urnas apenas arañan un raquítico tres por ciento del electorado activo. Tres por ciento. Ni para llenar un estadio de segunda división, y ya se creen los dueños del micrófono nacional. Pierden elecciones, pierden diputados, pierden relevancia, pero jamás pierden el megáfono ni la certeza de que ellos, solo ellos, son la vanguardia moral del país. Cuando el pueblo vota distinto, “está manipulado”. Cuando el gobierno se planta con soberanía, “avergüenza a Costa Rica”. Nunca es que están en minoría. Siempre es que el resto de nosotros todavía no despertamos a su iluminación. Eso no es humildad democrática, es soberbia ideológica con maquillaje de indignación, y ya cansa. “Los tratados están por encima de la Constitución”, dice otro genio de la tribu Por si el numerito anterior fuera poco, otro miembro de la misma cofradía se lanzó con una perlita todavía más audaz: que nuestra ley pone los convenios internacionales por encima de la Constitución, “cosas del gobierno socialista que la hizo”, y que como esos convenios son obligaciones, entonces Costa Rica no tiene derecho a cuestionarlos. Cierra su numerito, generoso, sugiriendo que mejor nos salgamos de la ONU para que los conservadores sean felices y a él no le hagan pasar vergüenza. Vamos por partes, porque aquí hay que corregir la plana completa. Que Costa Rica firme un tratado internacional no significa que renuncie a su soberanía ni que un organismo internacional pueda pasar por encima de la Constitución o de la voluntad del pueblo. Si aceptáramos que cualquier acuerdo internacional está por encima de nuestra Constitución, la soberanía dejaría de estar en los costarricenses y pasaría a depender de decisiones tomadas fuera del país. Para eso existe precisamente una Constitución: para establecer el marco supremo de nuestro ordenamiento jurídico y proteger la soberanía nacional. Los tratados generan compromisos, sí. Pero ningún compromiso internacional debería imponerse sobre el derecho de un pueblo soberano a decidir su propio rumbo. De lo contrario, ¿de qué sirve hablar de independencia y autodeterminación? Y no, esto no tiene nada que ver con ser progresista o conservador. Es un tema de soberanía y de respeto al orden constitucional. Las etiquetas políticas no cambian ese principio, por mucho que a la tribu le convenga disfrazar de ideología lo que en realidad es sentido común jurídico. Así que no, no hace falta salirse de la ONU. Hace falta que dejen de confundir “obligación internacional” con “cheque en blanco para que cualquier comité redefina la Constitución desde Ginebra”. Cierre Costa Rica hizo lo que tenía que hacer: plantarse con dignidad, con argumento jurídico sólido y con la frente en alto, defendiendo la soberanía legislativa, la Constitución y el sentido común frente a un aluvión de jerga ideológica que ni los propios tratados internacionales se atreven a firmar. Las palabras de Gustavo Corella Cordero no fueron un capricho conservador aislado. Fueron el eco de una mayoría silenciosa que está harta de que le impongan definiciones desde comités que nadie eligió, y que hoy, gracias a la gestión de la diputada Kattya Mora y al respaldo de la presidente Laura Fernández, por fin encontró una voz oficial que se atrevió a decir “hasta aquí”. Eso sí representa a la Costa Rica que trabaja, que cree en la familia, que respeta la biología y que no necesita que Ginebra le explique quién es una mujer. Y en el otro extremo está el club selecto del partido color pollito, esos que confunden su propia burbuja de Facebook con el sentir nacional, que se autoproclaman voz del pueblo sin que el pueblo jamás les haya firmado ese poder, que quieren que la Constitución se arrodille ante cualquier comité con logo bonito, y que cada vez que pierden —que es casi siempre— salen a explicarle a Costa Rica que Costa Rica se equivocó. No, mis estimados FA-naticos: ustedes no hablan por mí, no hablan por la mayoría, y ciertamente no hablan por ese ochenta y tantos por ciento de costarricenses que ni los conoce ni votó por su causa. Hablan, como mucho, por su grupo de WhatsApp y por el eco de su propia indignación. La próxima vez que quieran hablar en nombre de todos los ticos, recuerden que apenas fueron un 3% del padrón electoral vs una mayoría que decidió no dejarse llevar por sus mentiras. Navegación de entradas Garrapatas con carné sindical: la vergüenza que se firma con sello y todo