Max Navarro Imagen por Maximiliano Ovares. FB ADVERTENCIA Si usted es de los diputados que ahora se esconde tras la excusa de la “hostilidad gubernamental” para no ir a ver el desastre que contribuyeron a perpetuar en Crucitas, este monólogo no le va a gustar. Le recomiendo, con todo el respeto que no se merece, que regrese a su zona de confort, se arrope bien con su crapulencia acostumbrada, cierre los ojos, y siga soñando que Crucitas está verde, prístina e inmaculada como el primer día. Porque la realidad, como el barro de ese río envenenado, se le va a pegar en los zapatos aunque usted no quiera. LOS GUARDIANES DEL MONTE QUE LE TIENEN MIEDO AL BARRO Cincuenta y siete legisladores recibieron una invitación formal de la presidenta de la República para ir a ver con sus propios ojos lo que le está pasando a Crucitas. No a debatir. No a votar. No a dar una conferencia de prensa. Solo a ir. A caminar. A mirar. A pisar el suelo. Y la oposición —esa misma oposición que durante años se llenó la boca hablando de Crucitas como si fuera el corazón verde de la nación— respondió con lo que mejor sabe hacer: buscarle el defecto a la invitación, construir una excusa presentable y quedarse muy cómodamente sentada en San José. No es que tengan miedo de los mineros ilegales. No es que les preocupe la logística. No es que la distancia sea un problema para legisladores que cobran dieta de campo. Lo que les preocupa —y esto lo dijo Villalta sin que nadie le apretara el brazo— es que el Gobierno los pueda atacar mediáticamente durante la gira. Ahí está la verdad, desnuda y sin maquillaje: le tienen más miedo a una cámara de televisión parada en Crucitas que a toda la minería ilegal que lleva años destruyendo ese territorio. Y eso, señoras y señores, no es prudencia política. Eso es pánico a que la realidad les arruine el relato. LOS ECOLOGISTAS DE SALÓN Habría que recordarles a estos legisladores, con toda la paciencia que amerita hablarle a quien no quiere escuchar, que Crucitas no es un tema nuevo en sus vidas. No es una zona que descubrieron en el mapa esta semana. Durante años, y con una dedicación que francamente merece un reconocimiento especial, varios de estos mismos diputados —o sus predecesores de bandera— se dedicaron a interponer recursos, a obstruir iniciativas, a levantar la voz en el Plenario con la pasión encendida del que defiende una causa sagrada. Crucitas, nos dijeron, era un tema de soberanía ambiental. De dignidad nacional. De proteger lo que nos pertenece a todos. Muy bonito. Muy fotogénico en las redes sociales. Muy rentable en votos. Pero ahora que alguien les dice “vayan a ver cómo quedó”, resulta que tienen compromisos. Resulta que hay hostilidad en el ambiente. Resulta que la gira podría ser una trampa mediática. Resulta que les preocupa que el Gobierno los exponga ante la opinión pública. Claro que les preocupa. Porque la opinión pública vería algo que ellos llevan años evitando ver: el resultado concreto, medible, irreversible, de una zona abandonada a la minería ilegal mientras ellos desde sus curules hacían discursos sobre la madre naturaleza. Los que protegían Crucitas desde el hemiciclo ahora no quieren ir a ver el daño que ayudaron a perpetuar con su obstruccionismo de lujo. Parece que le tienen miedo al barro. Y lo entendemos. El barro mancha. Y hay manchas que no salen con ningún comunicado de prensa. LA EXCUSA QUE NADIE SE CREE La justificación oficial, pronunciada con cara seria y tono de víctima, es que el Gobierno tiene una actitud “hostil” hacia la oposición. Que en las visitas anteriores a Casa Presidencial hubo “faltas de respeto” y “malas formas.” Que temen ser usados como escenografía de un ataque político. Interesante argumento viniendo de fracciones que han convertido el obstruccionismo en un deporte de alto rendimiento, que han bloqueado proyectos urgentes con la desfachatez de quien no rinde cuentas a nadie, y que han perfeccionado hasta el arte la táctica del “primero digo que sí, luego busco el baño y no salgo hasta que pase la sesión.” Esa excusa, digámoslo con todas sus letras, se está volviendo tan recurrente en el Plenario que ya debería tener su propio reglamento de procedimiento. Lo que en realidad está ocurriendo es más sencillo y más brutal: no quieren ir porque saben lo que van a encontrar. -Saben que Crucitas no está verde ni inmaculada ni protegida. -Saben que las imágenes de esa zona destruida no combinan bien con años de narrativa ambientalista de conveniencia. -Saben que pararse en ese suelo arrasado y tener que responder preguntas frente a cámaras es una experiencia para la que ningún asesor de comunicación tiene manual de crisis suficiente. En su realidad alterada, Crucitas sigue siendo el bosque prístino que ellos “salvaron.” Mejor no ir a comprobar que el cuento no tiene ese final. LA VALENTÍA TIENE NOMBRE: LAURA FERNÁNDEZ Mientras la oposición delibera si el barro les arruina los zapatos, la presidenta Laura Fernández ya confirmó que va. Sin titubeos. Sin condicionantes. Sin exigir garantías de que nadie la va a criticar en el camino. Va porque es su compromiso. Va porque entendió desde el primer día que gobernar no es administrar la comodidad propia sino enfrentar la incomodidad del país real. Y hay que decir esto con claridad: Crucitas no es una zona turística. No es una gira de reconocimiento en territorio amable. Es una zona con presencia de minería ilegal, con actores vinculados al crimen organizado, con una dinámica territorial que no obedece a las reglas del Estado. La presidenta lo sabe. Va de todas formas. Eso se llama valentía, y en este país escasea tanto que cuando aparece hay que nombrarlo. Lo que pedimos, con absoluta seriedad, es que vaya bien protegida. Que el operativo de seguridad esté a la altura de lo que representa esa visita y de lo que habita en esa zona. Porque si los que más tienen para perder con que ella llegue sana y salva —y los hay, y no son solo los mineros ilegales— llegaran a aprovechar la pendejada estratégica de una oposición que se quedó en San José, cualquier cosa puede pasar. Que vaya. Que vaya bien cuidada. Y que el país vea la diferencia entre quien gobierna parada en el territorio y quien legisla desde la distancia segura de su ignorancia cultivada. EL PODIO DE LA VERGÜENZA NACIONAL Y llegamos al momento que todos esperaban. El reconocimiento especial. El galardón que nadie quiere pero que algunos se han ganado con una entrega que, hay que reconocerlo, es consistente. El primer lugar en el Premio Nacional a la Pendejada Política lo comparten, en emotivo empate técnico, José María Villalta y Claudia Dobles. Villalta, ese gran defensor del ambiente que durante años hizo de Crucitas su caballo de batalla ideológico, su vitrina de pureza política, su argumento de campaña, ahora sale a decir —con una solemnidad que desarma— que él quiere ir a Crucitas, que le interesa mucho el lugar, pero que lo que le preocupa no es la seguridad de la zona sino la hostilidad del Gobierno. En otras palabras: el hombre que luchó contra la minería en Crucitas tiene más miedo de que Laura Fernández le saque una foto inconveniente que de los narcomineros que operan en el territorio. Si eso no es una radiografía perfecta del ambientalismo de conveniencia, que alguien me explique qué lo es. Claudia Dobles, por su parte, elevó el arte de la queja al nivel de la performance teatral al declarar que las “malas formas” del Ejecutivo le impiden generar los acuerdos que —cuidado— dice tener “absoluta voluntad” de alcanzar. Entonces, para resumir: tiene voluntad absoluta, pero no puede actuar porque el Gobierno fue grosero. Es el equivalente político de decir que usted quería pagar sus impuestos pero la CCSS le habló muy feo y ya no pudo. Y luego está Edgardo Araya, que en el ranking informal del “primero dijeron que sí”, se lleva mención especial. Ese diputado que conoce Crucitas en los expedientes judiciales mejor que en sus coordenadas geográficas, que ha convertido la interposición de recursos en su legado legislativo, y que a la hora de ir a verificar en persona lo que sus acciones contribuyeron a perpetuar, de repente descubre que tiene agenda llena. CIERRE Tanta mierda que hablaron. Tantos discursos encendidos sobre Crucitas, sobre la soberanía ambiental, sobre proteger lo que es de todos. Y ahora, cuando tienen que tragarse sus palabras, sentir el peso de lo que ayudaron a conservar en impunidad y pararse frente a las consecuencias reales de años de obstrucción política, se esconden detrás de una excusa tan floja que no aguanta ni el primer viento de montaña. No les tienen miedo al barro, diputados. Les tienen miedo a sus propias huellas. El país ya sabe quién va a Crucitas y quién se queda en San José perfeccionando el arte de hablar sin decir nada. La presidenta Laura Fernández camina hacia adelante. Ustedes, como siempre, buscan la salida más cercana. Y esa diferencia, por sí sola, ya lo dice todo. Navegación de entradas “Prefiero que me llamen comunista a que me llamen fascista” Léase bajo su propio riesgo.