Hay una canción que todos hemos tarareado alguna vez sin pensar mucho en la letra, esa que dice:
“el camaleón, mamá,
el camaleón,
cambia de colores según la ocasión”.

Es una canción alegre, pegajosa, de fiesta. Pero esa frase, tan simple, tan de cantadera de fin de semana, resulta ser el diagnóstico político más preciso que existe hoy para entender lo que le está pasando al Frente Amplio.

Porque eso es exactamente lo que estamos viendo, en vivo y a todo color: un partido que cambia de piel según la ocasión, según la conveniencia, según de qué lado sopla el viento esa semana. Y lo peor no es el cambio en sí —los partidos evolucionan, faltaba más—, lo peor es que este cambio se está dando sin explicación, sin autocrítica, sin que nadie en la cúpula se digne a pararse frente a su propia militancia a decir “esto es lo que pensábamos, esto es lo que pensamos ahora, y esto fue lo que nos hizo cambiar de opinión”. No. Aquí simplemente cambia el color y se espera que el resto del cuerpo, o sea la militancia, se adapte sin preguntar, como corresponde en cualquier organismo que muta por instinto de supervivencia y no por convicción.

Y esto no es un detalle menor si entendemos quién era el Frente Amplio hasta hace apenas unos años atrás. Este es el partido que se definió, con orgullo y sin matices, como la contra permanente dentro de la Asamblea Legislativa.

-El que votaba no por votar en contra de cualquier cosa que oliera a bipartidismo tradicional. -El que convirtió la confrontación en su marca registrada, el que hizo de la trinchera su hogar natural, el que se paraba en la curul no a negociar sino a denunciar, no a construir puentes sino a quemarlos con gusto y con discurso encendido.

Ser la oposición dura, radical, incómoda, era su identidad completa. Y hoy ese mismo partido aparece firmando pactos, coordinando bancadas con quienes antes trataba de enemigos de clase, suavizando el tono, hablando de diálogo y gobernabilidad como si esas palabras no hubieran sido, durante veinte años, sinónimo de capitulación en su propio vocabulario. El camaleón cambió de color, sí. Pero cambió justo cuando el color anterior dejó de servirle para sobrevivir en la rama en la que está parado.

El camaleón que se creía león

Durante años el Frente Amplio no escondía su identidad ideológica, la exhibía como insignia de honor. Se declaraban de izquierda dura, marxistas sin vergüenza, antiimperialistas de manual, y no tenían ningún reparo en solidarizarse abiertamente con los procesos que llamaban “revolucionarios” en la región.

Hugo Chávez primero, y Nicolás Maduro después, heredero directo de ese proyecto ya convertido en ruina económica y humanitaria, fueron durante años referentes que el frenteamplismo local trataba con cariño de familia, con ese tipo de lealtad ideológica que no se cuestiona ni cuando el país que gobiernan se desangra en éxodo migratorio.

Daniel Ortega en Nicaragua recibió el mismo trato de guante blanco: silencio cómplice, eufemismos cuidadosamente calibrados, “contexto” cuando ya el resto del continente hablaba sin rodeos de dictadura, represión y presos políticos.

Y Cuba, la isla gobernada durante más de sesenta años por Fidel y luego por sus herederos directos, Raúl Castro y la nomenclatura que él mismo designó a dedo, fue durante décadas la postal favorita del imaginario frenteamplista: el ejemplo de resistencia frente al imperio, la prueba de que “otro modelo” era posible, sin que nadie en la dirigencia se detuviera demasiado a explicar por qué ese otro modelo también necesitaba control absoluto de la prensa, partido único y cárcel para el disidente.

Ese pasado no es un invento mío para hacerlos quedar mal, es la identidad con la que este partido reclutó, entrenó y fidelizó a generaciones enteras de militantes.

Gente que salió de las universidades públicas a marchar con banderas rojas, amarillas, de grupos sociales y de otros países, que cantó consignas antiimperialistas en los pasillos de la Universidad de Costa Rica, que defendió con los dientes apretados la idea de que Chávez, Maduro, Ortega y los Castro representaban una alternativa moral superior al capitalismo occidental.

Y hoy, de un día para otro, sin congreso ideológico, sin ruptura pública, sin ni siquiera el gesto mínimo de pararse frente a esa militancia a explicarle por qué el comunismo dejó de ser meta y la socialdemocracia tibia, esa misma que antes tildaban de traidora y capituladora, pasó a ser el nuevo evangelio de venta electoral.

El camaleón, que se creía león rugiendo contra el sistema, hoy descubre que el rugido ya no vende y cambia de color para sobrevivir en la misma selva que antes juró incendiar.

Los mismos que gritaron “vendepatria” ahora firman contrato de matrimonio arreglado

Y aquí es donde el cinismo alcanza niveles de arte performático. Durante años, el Frente Amplio construyó buena parte de su relato sobre la premisa de que el PLN era el partido de la oligarquía cafetalera reconvertida en tecnocracia neoliberal, responsable de cada privatización, cada tratado de libre comercio, cada recorte social que ellos denunciaban desde la tribuna con el puño cerrado y la voz en alto.

Al PUSC lo trataron con el mismo desprecio, como resabio de la derecha empresarial de siempre, el enemigo de clase con corbata. Y al PAC, aunque ideológicamente más cercano en el papel, tampoco se lo perdonaron nunca del todo: lo acusaron de traicionar el espíritu del cambio, de convertirse en gestor del mismo modelo que decía combatir, de ser izquierda de salón sin compromiso real con la calle.

Pues bien: hoy ese mismo Frente Amplio se sienta en la misma mesa que el PLN y el CAC bajo el paraguas del pacto opositor RENASES, coordinando estrategia legislativa, repartiendo protagonismo, construyendo el relato conjunto de “oposición responsable” frente al Gobierno.

-¿Qué fue exactamente lo que cambió?
-¿El PLN dejó de ser lo que el FA denunció durante veinte años con tanta vehemencia, o el Frente Amplio simplemente descubrió que necesitaba aliados y que los principios, quince años después, resultan un lujo que ya no se pueden dar en un tablero legislativo donde solos no alcanzan ni para pedir un quorum decente?

Porque no nos digamos mentiras: no hay reconciliación ideológica de fondo aquí, hay aritmética legislativa pura y dura, matrimonio arreglado por conveniencia de escaños, no por amor de convicciones compartidas. Y la pregunta que ningún diputado frenteamplista quiere responder en cámara, con micrófono abierto y cara descubierta, es si ese pacto significa que todo el andamiaje discursivo que construyeron durante dos décadas contra el bipartidismo tradicional era, en el fondo, desechable apenas conviniera un escaño más o una comisión más cómoda.

El poder judicial como enemigo… hasta que dejó de serlo

Este patrón camaleónico no es nuevo, y los casos recientes lo confirman con nombre y apellido. El mismo Frente Amplio que gritó durante años contra la “concentración de poder” y la “toga vitalicia” en la Sala Constitucional, que trató de anacronismo antidemocrático la sola idea de que un magistrado se perpetuara en su silla, hoy defiende con vehemencia la permanencia indefinida de los magistrados que le resultan cómodos, apenas el bloqueo de Pueblo Soberano amenaza con sacarlos del tablero por cierre técnico.

Ayer la reelección indefinida era una aberración que había que frenar ya; hoy es la garantía de estabilidad institucional que hay que proteger a toda costa, con diputados como Edgardo Araya de vocero improvisado hablando de “espacio para el acuerdo” con tonito de estadista reflexivo. No hubo lectura constitucional nueva ni epifanía jurídica. Hubo pánico de perder terreno en un tribunal donde, hasta ahora, se sentían cómodos.

Y el mismo patrón camaleónico se repite, calcado, con la política exterior. Años de silencio cómplice frente a Ortega, de eufemismos cuidadosamente calibrados —”asedio imperialista”, “desestabilización externa”— cuando ya medio continente hablaba sin rodeos de dictadura.

Años de mirada complaciente hacia Maduro mientras Venezuela expulsaba a millones de sus propios ciudadanos rumbo al exilio económico. Y ahora, cuando Ortega cancela hasta la pantomima electoral y Maduro ya no rinde ni como bandera de mitin, aparecen figuras como José María Villalta descubriendo, con cara de sorpresa genuina, que ahí había un problemita de fondo.

La pregunta que nadie en la fracción responde es simple: si el criterio para denunciar el autoritarismo cambia según quién esté sentado en el trono y según si ese trono todavía rinde electoralmente, ¿de verdad existe un principio democrático detrás del discurso, o solo existe la conveniencia con maquillaje de indignación moral recién estrenada?

Preguntas que la dirigencia del FA no quiere contestar

Le pregunto directamente a la estructura interna del partido, porque alguien tiene que hacerlo con nombre y sin eufemismos:

¿van a convocar un congreso ideológico real, con debate abierto y actas públicas, para explicarle a su militancia por qué el comunismo, el antiimperialismo y la solidaridad histórica con Cuba, Nicaragua y Venezuela dejaron de ser la brújula del partido?

¿O el cambio de discurso se decidió puertas adentro, entre dirigentes que hicieron cuentas electorales frías y concluyeron que la etiqueta de “comunista” ya no vende ni siquiera entre su propio electorado joven, así que había que reempacar el producto?

¿Van a depurar también el aparato discursivo que entrenó durante años a sus diputados para atacar cualquier acercamiento con el PLN como traición al proyecto histórico?

¿O ese manual de ataque solo se archiva cuando conviene y se vuelve a sacar del cajón la próxima vez que haga falta un enemigo fácil para calentar a la militancia en campaña?

Y a los diputados en particular: ustedes, que se sentaron en curul a acusar de “vendepatria” a cualquiera que dialogara con el bipartidismo tradicional, ¿van a explicar en sesión, con la misma vehemencia con la que acusaban antes, por qué ahora ustedes son los que dialogan, pactan y negocian con esos mismos partidos?

¿O el doble estándar solo aplica cuando el que negocia es el otro, y cuando negocian ustedes se llama “madurez política”?

La pregunta más incómoda: la que va dirigida a ustedes, los votantes

Pero la parte más dura de este texto no es para la dirigencia, es para la militancia y el electorado que durante años sostuvo a este partido precisamente por lo que hoy el FA parece querer borrar de su propia historia con corrector líquido. Ustedes, los que marcharon con banderas rojas gritando solidaridad con Cuba.

Ustedes, los que defendieron a Chávez y después a Maduro como líderes de una revolución continental mientras la oposición venezolana era reprimida en las calles y el país entero se vaciaba rumbo a la frontera. Ustedes, los que se pusieron el pin, la consigna, la camiseta del socialismo del siglo XXI como identidad de vida, no como capricho pasajero de una tarde de manifestación.

¿Qué sienten hoy cuando el partido que les vendió esa épica los deja parados, con la bandera roja todavía en la mano, mientras la dirigencia se reinventa como socialdemocracia moderada para no espantar al elector de centro que necesitan para sobrevivir en las urnas?

¿Se sienten representados todavía, o simplemente están tragándose el giro con la misma docilidad de rebaño con la que aplaudieron cada consigna anterior, sin chistar, sin preguntar, sin exigir explicaciones?

Porque aquí está la pregunta que de verdad debería quitarles el sueño esta noche: si el partido cambió de piel una vez sin pedirles permiso ni darles explicación, ¿qué les garantiza que no lo va a volver a hacer la próxima vez que la conveniencia electoral lo exija?

¿En qué momento exacto un proyecto político deja de ser una convicción compartida y se convierte simplemente en una marca comercial que se reformula según la encuesta de turno, como quien le cambia de etiqueta a la misma botella para que se venda mejor en otro anaquel?

Cierre

No hay aquí una historia de maduración ideológica ni de aprendizaje democrático tardío, por más que quieran vendérsela así, con violines de fondo y tono de reflexión trascendental.

Hay un partido que construyó su identidad completa sobre la confrontación —contra el bipartidismo, contra el capitalismo, contra Occidente, contra cualquiera que no compartiera su devoción por Chávez, por Maduro, por Ortega y por los herederos de Castro en La Habana— y que hoy, cuando esa identidad ya no le rinde electoralmente, la cambia sin sonrojo, sin congreso, sin autocrítica pública, y sin que su propia militancia se atreva a exigirle cuentas por el volantazo.

El Frente Amplio no tiene una nueva ideología. Tiene el instinto de un camaleón que cambia de color según la ocasión, exactamente como dice la canción, y una membresía dispuesta, una vez más, a aplaudir el giro sin preguntar por qué.

Al final, la pregunta no es qué color va a tomar el Frente Amplio la próxima vez que necesite reinventarse para sobrevivir en otra rama. La pregunta es cuánto más va a tardar su propia gente en darse cuenta de que a ellos también los están cambiando de color, sin que nadie les haya pedido opinión.


Referencias: Trayectoria fundacional del Frente Amplio y su identidad histórica de izquierda dura; postura pública histórica del FA hacia los procesos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, y los herederos de Fidel Castro en Cuba; pacto opositor RENASES (PLN-FA-CAC); bloqueo de Pueblo Soberano a la elección de magistrados suplentes de la Sala Constitucional; declaraciones de José María Villalta y Edgardo Araya.

Maximiliano Ovares.
Search Intelligence & AI Strategy Architect

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