Max Ovares Advertencia: Si usted todavía cree que la oposición mas Abino movilizaron a “cientos de miles” a defender la democracia con un farolito de cartón y consignas que no tienen nada que ver con el 15 de setiembre, mejor cierre esto y siga viviendo feliz en ese cuento. La fiesta patria en alto y la “faroleada” que se cebó Si hay una fiesta nacional donde se saca el fervor patrio con ganas y se levanta el orgullo, no es cuando gana la sele, es cuando levantamos la bandera de nuestro pequeño terruño y la ponemos en alto. Es esa noche del 14, cuando el país entero se vuelve un solo desfile de faroles hechos a mano, cuando no importa el apellido, ni el partido, ni la billetera, porque todos cantamos el mismo himno y todos cargamos la misma bandera. Es la fiesta que no necesita convocatoria, ni pauta, ni diputado dándole línea a nadie, porque nace sola, generación tras generación, desde la escuelita más chiquita hasta la última casa del cantón más lejano. Esa es la Costa Rica que de verdad importa esa noche. Por eso cuesta tanto tragarse que, otra vez, haya quien decida meterle mano a esa fiesta para montar su circo particular. Este 14 de setiembre le tocó el turno a cierto grupusculo de la oposición y a su corte de chupamedias trasnochados, que decidieron que la víspera de la Independencia era el escenario perfecto para su enésimo numerito, y a la oposición completa, que se subió al carro con el entusiasmo de quien no tiene absolutamente nada más que ofrecerle al país que quejarse. Lo que sí pasó: la presidente con obra, ellos con pancarta Mientras Albino calentaba motores para su “segundo plantón”, la presidente Fernández se plantó en la Plaza Mayor de Cartago con el gabinete completo, recibió la antorcha después de 378 kilómetros de recorrido y usó el atril para hablar de lo que a esa provincia de verdad le quita el sueño: el crimen organizado. Le exigió cuentas al Poder Judicial, empujó a los diputados a mover las leyes contra las estructuras criminales que llevan meses dormidas en el Congreso, y anunció obra dura y verificable: el hospital Max Peralta con ¢208.000 millones de la Caja, la ampliación de la Florencio del Castillo, delegación policial nueva en Turrialba, entregas en Santa Rosa de Oreamuno, Tayutic y el proyecto habitacional Cerro Verde. Cerró con una frase que a los profesionales de la indignación permanente les debería caer como piedra: que la independencia no puede significar indiferencia, y que ningún poder de la República tiene excusa de autonomía para no hacer lo que le toca. Ese es el contraste que a la oposición le conviene que nadie note: un lado llegó con cemento, presupuesto y un plan; el otro llegó con un farol de anime y el mismo libreto de siempre sobre la dictadura que, según ellos, ya casi nos cae encima. La oposición y su faroleada: la jugada que le explotó en la cara Vamos a lo sabroso. La oposición y los sindicatos llevaba semanas vendiendo la “faroleada por la Democracia” como el renacer de la protesta ciudadana, la bautizó él mismo como “segundo plantón” y prometió, con esa solemnidad de sindicalista que se cree caudillo, que esta vez sí el pueblo iba a salir en masa. Repartió la convocatoria en más de treinta puntos del país, como quien reparte franquicias de su propio ego, y se sentó a esperar el maremoto. ¿Y qué le llegó? Cientos de personas por sitio, en el mejor de los casos, dispersas entre la lluvia y treinta y un puntos distintos, una fracción tan flaca de lo prometido que ni siquiera vale la pena compararla con las cifras infladas de fantasía que ya le habían inventado al plantón de agosto. No hubo despertar ciudadano, no hubo maremoto, no hubo nada que se pareciera remotamente a la gesta que Albino llevaba semanas anunciando en cada micrófono que se le puso enfrente. Lo que hubo fue un grupo de siempre, en los lugares de siempre, gritando lo de siempre, mientras el resto del país estaba en la calle disfrutando la fiesta que ellos querían secuestrarle. La jugada le salió tan mal que hasta la prensa que suele hacerle segunda a estas convocatorias tuvo que reportar “cientos”, no las masas que él mismo había anunciado. Así de amargo es cuando uno se cree Bolívar y termina hablándole a un parque casi vacío bajo la lluvia. Y para no perder la costumbre de mezclarlo absolutamente todo, ahí estaba el regidor frenteamplista de San José con un farol donde le cambió la cara al filibustero William Walker por la de Donald Trump, para meter en la misma noche su pleito con las bases militares, su cruzada judicial y su reclamo por la Caja. Todo cabe en el mismo cartón cuando lo que se busca no es defender un tema puntual, sino mantener viva la sensación de crisis las veinticuatro horas del día. Edgardo Araya, mientras tanto, salió a jurar que aquello “no lo organizó ningún partido”, que “no hay buses ni arroz con pollo”, como si una convocatoria con treinta y un puntos exactos, horarios definidos y agenda repartida días antes fuera un arranque espontáneo de la ciudadanía y no lo que cualquiera con dos dedos de frente reconoce: una movilización política armada de arriba hacia abajo con etiqueta de causa popular. ¡Sí, ajá! Sobre los disturbios: la exageración de siempre Que quede clarísimo, porque en Cartago no hubo disturbios ni nada que se le parezca: hubo un operativo de seguridad reforzado alrededor de la Plaza Mayor, con requisas y un perímetro que la oposición no logró cruzar para meterse a la foto del acto oficial, y hubo cruces verbales frente al almacén El Rey, donde unos cantaban el himno y otros les gritaban que se fueran. Un manifestante fue retirado del lugar. Eso es literalmente todo. Ni una bala, ni una turba, ni el estado de sitio que la diputada liberacionista Janice Sandí quiso vender cuando dijo que “sitiaron Cartago”, ni la “arbitrariedad y agresión” que denunció la frenteamplista Joselyn Sáenz, como si en sus supuestos treinta años en la provincia nunca hubiera visto un dispositivo policial reforzado en una actividad con la presidente presente. Con más de cincuenta homicidios este año en esa provincia, buena parte ligados a estructuras criminales, cerrar un perímetro no es autoritarismo: es la cosa más lógica del mundo. Lo único que a ellos les indignó de verdad fue que el cerco les arruinara la oportunidad de colarse en el acto oficial con su propio numerito. Oficialismo con argumentos, oposición con berrinche Del lado del Gobierno, la respuesta fue directa y sin adornos. La diputada Gretel Avilés lo dijo mejor que nadie: un farol patrio no es una pancarta política, y calificó de nefasta y ruin la maniobra de convertir la noche más entrañable del calendario cívico en otro punto de campaña permanente. Nayuribe Guadamuz advirtió que no iban a permitir que se instrumentalizara la tradición, y el propio secretario general del PPSO, Freddy González, se plantó dentro de la Plaza Mayor acompañando a la presidente, con la cara descubierta y sin necesidad de vender ninguna gesta. Del lado opositor, lo de siempre: indignación de manual, acusaciones de represión repetidas hasta el cansancio, y ni una sola palabra sobre por qué su gran movilización nacional terminó siendo una fracción ridícula de lo que Albino mismo prometió. Cuando a uno le sale mal la jugada, siempre es más cómodo gritar dictadura que reconocer que la gente, sencillamente, ya no le compra el cuento ni con lluvia ni con sol. Y con eso queda retratada la noche completa: un gobierno que llegó a Cartago con obra concreta y un mensaje serio sobre seguridad, y una oposición que llegó con un farol prestado, una convocatoria que le quedó chiquita a sus propias expectativas, y el mismo libreto de siempre disfrazado, otra vez, de causa ciudadana espontánea. Cierre: La faroleada que les faroleó a ellos mismos Al final del día, la bandera que de verdad ondeó esa noche en Cartago no fue la de ningún sindicato ni la de ningún partido: fue la de siempre, la de todos, la que un chiquito lleva pegada a su farol sin preguntarse por quién votan sus papás. Y mientras esa bandera ondeaba de verdad, del otro lado de la plaza había un grupúsculo empapado, parado bajo la lluvia, gritándole a un parque casi vacío, esperando que alguien más además de ellos mismos les creyera el cuento de que representaban a un país entero. No lo representaron. Representaron, como siempre, a la misma cofradía de sindicalistas de carné vitalicio y diputados de micrófono fácil que ya nadie en la calle se toma en serio, y que esa noche quedaron retratados exactamente como son: un puñado con delirios de multitud. Que quede grabado, porque en Costa Rica la memoria es corta y a esta gente le conviene que lo sea: Albino Vargas prometió un país movilizado y entregó un parque con paraguas. La oposición prometió una jornada histórica de resistencia democrática y entregó una convocatoria de repertorio, calcada, reciclada, con el mismo libreto de siempre y el mismo público de siempre, disfrazada otra vez de indignación espontánea. Los sindicatos que llevan años vendiéndose como la voz del pueblo demostraron, con sus propias cifras, que ya no hablan por nadie más que por ellos mismos. Y los diputados que se treparon al numerito para salir en la foto tampoco lograron esconder lo evidente: que no tienen agenda, no tienen propuesta, no tienen nada que ofrecerle al país salvo el mismo espectáculo de siempre, sacado del mismo cajón de siempre, mientras la gente de verdad, la que no necesita convocatoria ni bandera prestada para querer a su patria, estaba en la calle cantando el himno completo, sin comillas y sin consigna de relleno. Esa es la diferencia que quedó tatuada esa noche en Cartago, y es la que a esta gente le va a costar borrar por mucho tiempo: un gobierno que se presentó con obra, con números y con un plan concreto para la provincia, contra una oposición y un grupo de sindicalistas que se presentaron con un farol prestado, una convocatoria que ni ellos mismos lograron llenar, y la certeza incómoda de que, cuando les tocó demostrar que de verdad tenían al pueblo detrás, el pueblo sencillamente no apareció. Ese es el verdadero resultado del 14 de setiembre: no la caída de ninguna democracia, sino la caída, en público y en cámara, del cuento que Albino Vargas y sus aliados llevaban meses tratando de vendernos. Navegación de entradas Lea bajo su propio riesgo