Advertencia: Este monólogo es puro orgullo patrio, sin filtros ni disculpas. Es para guanacastecos, para ticos de a pie, y para quien crea que la soberanía se defiende de pie y no de rodillas. Léalo con el pecho inflado, porque hoy no toca medias tintas

🇨🇷 202 años y todavía hay quien no entiende el mensaje

Resulta que un 25 de julio, hace 202 años, los guanacastecos decidieron, por su propia y soberana voluntad, coserse el destino a Costa Rica.

Nadie los obligó.
Nadie les puso un fusil en la nuca.

Fue una decisión de pueblo libre, de gente que miró para el norte, vio la Nicaragua de entonces, y dijo “no, gracias, yo con estos”.

Doscientos dos años después, hay un señor en Managua —que ya ni siquiera finge ser presidente, sino que se pasea de dictador vitalicio con esposa copresidenta incluida— que todavía cree que puede reescribir la historia a punta de berrinche. Y ahí fue donde José Miguel Villalobos, con los pantalones bien puestos y la historia en la punta de la lengua, le recordó a Daniel Ortega que Guanacaste no está en discusión, ni ahora ni nunca.

⚔️ El Tratado Cañas-Jerez no fue un favor, fue un pacto de sangre y frontera

Villalobos no se limitó a la bravuconada vacía —de esas que sueltan los diputados de cartón cuando no tienen argumento—. No. Se paró con el peso del Tratado Cañas-Jerez de 1858 bajo el brazo y le refrescó la memoria a propios y extraños: Costa Rica cedió el río San Juan para que quedara claro, en blanco y negro, que Guanacaste era y sería costarricense.

Ese fue el precio.
Esa fue la negociación.

Y desde entonces, cada vez que un mandatario nicaragüense —da igual el color de su bandera o el tamaño de su ego— se le ocurre reclamar territorio guanacasteco, no está retando a Costa Rica: está retando doscientos años de derecho internacional, de tratados firmados, de fronteras que ya se dibujaron con tinta y con sangre.

«Aquí quedarán sus restos» no es una frase, es una advertencia con historia

Y aquí viene lo que a mí, personalmente, me hincha el pecho de orgullo patrio: Villalobos no se guardó nada.

Frente a los gritos destemplados de un dictador que apenas la semana pasada tuvo el descaro de decir que Guanacaste es nicaragüense, el diputado le respondió con la contundencia que este país lleva años necesitando: que todo ejército que cruce el Sapoá con propósitos bélicos, no regresa vivo de donde vino. Que si Ortega y sus secuaces quieren cruzar ese río con intenciones espurias, aquí, en suelo guanacasteco, quedarán sus restos.

Eso no es retórica barata, amigos. Eso es memoria histórica hablando: la de 1955, la de 1978, la de cada vez que Nicaragua ha intentado tantear la paciencia costarricense y se ha topado con un pueblo que, aunque no tiene ejército, tiene algo mucho más peligroso: dignidad y determinación.

La deuda pendiente: Lepanto, Paquera, Cóbano y las Islas del Golfo

Pero Villalobos no se quedó solo en la pelea externa, que ya es meritoria. También aprovechó el marco solemne de la Anexión para recordarnos una deuda interna que llevamos arrastrando desde 1915: la separación arbitraria de Lepanto, Paquera, Cóbano y las Islas del Golfo de la provincia guanacasteca, decretada por Alfredo González Flores como quien reparte territorio en una sobremesa.

Cien años después, esos pueblos siguen esperando que la política deje de tratarlos como apéndice y los reconozca como lo que siempre fueron: guanacastecos de sangre y de tierra.

Villalobos lo dijo sin rodeos: no puede pasar un cuatrienio más sin que esos territorios vuelvan a casa. Y tiene toda la razón. Porque la anexión de 1824 no fue un evento de un solo día para conmemorar con marimba y bandera; fue un compromiso histórico que todavía tenemos pendiente de honrar completo.

Y aquí en Costa Rica también hay quien se pone la camiseta equivocada

Ahora bien, lo que de verdad debería darnos vergüenza como país no es Ortega —de un dictador nicaragüense ya sabemos qué esperar—. Lo que debería darnos vergüenza es que aquí, en nuestro propio suelo, hay politiqueros disfrazados de demócratas que le hacen segunda a regímenes como el de Ortega, o que se alían con quien sea con tal de sostener su propia cuota de poder.

Ya sabemos quiénes son.

Se visten de bandera amarilla, hablan bonito de “unidad” y “diálogo”, pero cuando hay que pararse firme frente a un dictador que amenaza la soberanía nacional, se les traba la lengua, o peor, buscan cómo justificar lo injustificable.

No hace falta señalar con nombre y apellido: el que las hace, las reconoce. Y este país no puede seguir permitiendo que quien juega de dobles con dictaduras extranjeras —sea por conveniencia electoral, por ideología trasnochada o por puro cálculo político— se pasee después como defensor de la democracia. Eso no es tibieza, eso es traición disfrazada de pragmatismo.

🇨🇷 Guanacaste no se negocia, y Costa Rica tampoco

Al final, lo que hizo José Miguel Villalobos en esa sesión solemne fue recordarnos algo que nunca deberíamos olvidar: la soberanía no se defiende con comunicados diplomáticos tibios ni con silencios cómplices.

Se defiende con memoria histórica, con tratados firmados, y con la voluntad inquebrantable de un pueblo que hace 202 años decidió, libremente, ser costarricense.

Ortega puede gritar lo que quiera desde su trono de dictador vitalicio. Puede amenazar, puede provocar, puede seguir jugando al matón de la región. Pero Guanacaste ya habló en 1824, Costa Rica ya lo ratificó en 1858, y hoy, 202 años después, un diputado le recordó al mundo que esta tierra no se hereda por decreto ni se reclama por capricho: se defiende con dignidad, con historia, y si hace falta, con las botas bien puestas en la orilla del Sapoá.

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