Advertencia: En este monólogo les voy a mostrar y a demostrar cómo se responde contundentemente a una pregunta que trataba de dejar mal a la presidente por parte de una periodista del canal de la sabana. Si usted es pro desinformación, quédese sentadito. Aquí se le va a dar una lección de politología, gratis, sin matrícula y sin anestesia.

Politóloga vs. Micrófono: el canal de la Sabana se quedó sin preguntas

Hay días en los que uno quiere ver que se haga periodismo puro, sin mala intención, y más cuando se trata de las conferencias presidenciales. Pero lo que se pasó esta semana fue, otra vez, la mala leche disfrazada de pregunta.

Eso fue exactamente lo que le pasó a Michelle Campos esta semana: se paró frente a la presidente Laura Fernández con el librito ya escrito desde la redacción, con la pregunta armadita para que la mandataria se enredara en cámara, y lo que se llevó fue una cátedra de las que duelen.

No fue una regañada, no fue un exabrupto: fue una clase completa de politología, con nombre, apellido, bibliografía y examen sorpresa incluido. Porque resulta que a la presidente no solo le tocó gobernar este país entre magistrados con delirios de superpoder y una oposición que grita dictadura sin tener ni un solo dato en la mano, también le tocó ir a explicarle a la prensa tica, con manzanita en la mano, qué es un golpe institucional de verdad.

Y de paso, desbarató en vivo y en directo la fábula favorita de la oposición: que es ella la que le está dando un golpe al Poder Judicial.

Agárrense, que esto viene con filo.

La Clase de Politología que nadie pidió (pero todos la queríamos llevar)

La periodista de teletica, llegó con la pregunta de hecha desde redacción, esa que se aprenden en el cursillo de “cómo incomodar a la presidente en tres pasos”: que si se retractaba, que si sus declaraciones sobre el golpe a la institucionalidad estaban espantando la inversión extranjera, que si no le parecía irresponsable.

La jugada era la de siempre: presionar hasta que la mandataria se enredara sola y ahí sí, titular jugoso para la noche.

Pero no.

La presidente, sin alzar la voz ni un decibel, le devolvió la pelota con una preguntita que debería estar enmarcada en la sala de redacción de Teletica como recordatorio permanente: ¿usted tiene algún dato de cuáles son las empresas, las inversiones, las afectaciones, o lo que está haciendo es una suposición de su parte? Silencio. Total. Absoluto. Porque no hay dato, mis estimados, hay narrativa. Y la narrativa sin dato es lo que en esta casa llamamos, con cariño, invento.

Y ahí fue donde la mandataria, politóloga de carné y no de Twitter, se puso el saco académico y explicó sin titubear ni un segundo que un golpe de Estado institucional ocurre cuando un poder usa sus propias atribuciones para atropellar la independencia de otro.

No lo dijo como opinión de pulpería de esquina: lo dijo como quien estudió la materia, la masticó y ahora se la explica a quien todavía cree que Montesquieu es un jugador de fútbol.

Y lo aterrizó sin miedo, directo a los cuatro magistrados de la Sala Constitucional que, según su lectura, se excedieron abiertamente de lo que la Constitución y las leyes les permiten.

Un millón doscientos mil votos contra cuatro tipejos

Y por si a alguien en la redacción del canal de la sabana se le olvidó de dónde sale un mandato en democracia, la presidente lo recordó con números que ninguna toga se puede sacar de la manga: en la Asamblea Legislativa hay 31 diputados oficialistas electos por el pueblo, en elecciones libres, democráticas e independientes; unas elecciones donde el abstencionismo bajó más de un 10%, o sea, participación como no se veía en rato; y una fracción de gobierno de un tamaño que no se armaba hace 44 años.

Con esa artillería de datos sobre la mesa, soltó la pregunta que debería quedar tatuada en la frente de cualquiera que se crea por encima del voto popular: si a ella la eligió más de un millón doscientas mil personas con una fracción legislativa de ese calibre, ¿con qué autoridad cuatro magistrados que nadie eligió le sacan una resolución que ni la Constitución ni ninguna ley les permite?

Esa preocupación, dijo, no nace del berrinche, nace de creer de verdad en la democracia y en la división de poderes. Y remató con una advertencia que debería quitarle el sueño a más de uno: si esos golpecitos del Poder Judicial se normalizan, lo que se está consintiendo es el debilitamiento completo de la institucionalidad, poquito a poquito, como quien no quiere la cosa.

“Todo lo contrario”: La negación que le dañó la tarde a Telecuita

Y aquí está el momento que de verdad le tumbó el libreto a la entrevista, el que Telecuita hubiera querido que nadie viera completo.

Cuando la periodista Campos, tratando de ver como le hacía la zancadilla, le trasladó la acusación de que su gobierno pretende darle un golpe al Poder Judicial —esa misma cantaleta payasa que gritaban “los señores que se mani-enfiestaron” en Plaza de la Democracia, disfrazados de defensores de la institucionalidad—, la presidente no lo dejó pasar ni medio segundo.

Le dijo, textual, que era todo lo contrario, y no se quedó en la frase bonita: lo respaldó con hechos, uno detrás del otro, como quien pone las cartas boca arriba y reta a que alguien le encuentre el error.

Abrió las puertas de Casa Presidencial para dialogar. Se reunió en privado con representantes judiciales, reunión que después la propia magistrada Patricia Salas Solano tuvo el descaro de calificar de “hostil” después de arrebatarle el micrófono al presidente del Poder Judicial (sí, arrebatarle el micrófono, en una reunión que ella misma pidió que fuera privada).

Los volvió a invitar al Consejo Nacional de Seguridad y le dejaron las sillas vacías, como quien hace berrinche de carajillas de colegio.

Presentó once proyectos de ley contra la delincuencia que ni siquiera se dignaron a comentar técnicamente. Y cerró, sin titubeo ninguno, con la frase que debería quedar grabada en cadena nacional en letras de neón: que no tiene ningún deseo de atacar al Poder Judicial, ni de cerrarlo, ni de violar ninguna ley.

Esa es la contundencia que una periodista con la tarea hecha hubiera repreguntado, hubiera contrastado, hubiera exigido que le mostraran. Esta no lo hizo. Se quedó pariendo con el micrófono en la mano y cara de que se le cayó el teatrito.

Los números que sí existen (Aunque a Telecuita le ardan… y a mas de uno)

Sobre esa supuesta incertidumbre económica que sus declaraciones estarían generando —la que Campos daba por hecho como si fuera dogma de fe— la presidente tampoco se guardó nada en la manga: habló de crecimiento en inversión, en empleo, en turismo, en exportaciones, en el dinamismo general de la economía, gracias a Dios por buen camino, dijo, sin necesidad de gritar.

No fue un “no, cómo cree” tímido: fue un desfile completo de indicadores que cualquier medio serio hubiera contrastado antes de lanzar la pregunta como si fuera verdad revelada desde el Sinaí.

Aquí no hubo verificación previa, hubo intención pura y dura. Y esa intención se huele a kilómetros cuando ciertos micrófonos llevan meses de funcionar como bocina amplificadora de la narrativa opositora, con horario fijo y sin comerciales.

⚖️ El ajuste que empezó en casa presidencial (no en el Poder Judicial)

La mandataria también recordó, con esa calma que exaspera a quien busca pleito, que fue ella la primera a la que le exigieron ajustar presupuesto, y que ya lo hizo en todas las instituciones de Gobierno sin cerrar un solo servicio ni dejar al pueblo sin atención.

Su punto fue simple y devastador, de esos que no necesitan gritos para noquear: si todos tienen que socarse la faja, el Poder Judicial no es una isla intocable, y pedirle lo mismo que ya se le exigió al Ejecutivo no es un golpe, es coherencia pura. Pero claro, para algunos pedir cuentas es sinónimo de dictadura, y eso ya nos dice más de ellos que de la presidente.

El medio de la Sabana y su guion ya escrito

Y aquí toca hablar del verdadero protagonista involuntario de esta función: el medio de la sabana, ese que se presenta como referente del periodismo tico pero que esta semana, otra vez, volvió a demostrar que funciona más como caja de resonancia de la narrativa opositora.

Porque una pregunta cargada de premisas sin sustento, disfrazada con corbata de periodismo económico serio, no es fiscalización: es activismo con cámara, luces y maquillaje de estudio.

Es salir a buscar el tropiezo, el clip que se vuelva viral, el titular que alimente la tesis del gobierno autoritario acorralado, cuando lo que en realidad pasó fue que la entrevistadora se topó de frente con alguien que le explicó, con paciencia de profesora y colmillo de politóloga, por qué su pregunta venía podrida desde la raíz. Y ahí quedó, con el micrófono en la mano y la cara de quien pidió pollo y le trajeron la cuenta completa.

Cierre

Y entonces, cuando el humo del set se disipa y las luces se apagan, queda lo de siempre: una presidente que llegó con datos, con formación académica de verdad y con la calma de quien no le teme a repreguntas incómodas porque no tiene nada que esconder, frente a una pregunta que llegó con el titular ya redactado y la conclusión ya decidida antes de que se prendiera la primera cámara.

Y aquí hay que ser justos: la culpa no es de la periodista que se paró frente al micrófono, esa solo ejecutó la tarea que le asignaron desde arriba. La culpa es de una redacción, de una línea editorial, de una decisión tomada mucho antes de que ella llegara al set.

Lo grave no es que una comunicadora haga la pregunta incómoda, para eso está el oficio; lo grave es que la mandaron a hacer el trabajo sucio con las manos vacías de datos y llenas de narrativa prestada.

Y ese es precisamente el síntoma: que el periodismo tico, en su cúpula editorial, hace rato dejó de hacer periodismo de contraste para dedicarse full time al periodismo de estocada, ese que no busca informar sino desgastar, ese que no pregunta para entender sino para fabricar el clip que después va a circular en los mismos círculos opositores que marcharon en Plaza de la Democracia gritando golpe de Estado sin poder señalar, ni bajo tortura, una sola empresa, una sola inversión, un solo dato real que sostenga su cuento.

Ahí se les nota el rumbo perdido: no es falta de talento en cámara, es falta de brújula ética en la dirección. Y mientras las redacciones sigan confundiendo activismo disfrazado con independencia editorial, y sigan enviando a sus periodistas a pelear batallas ajenas sin munición, aquí vamos a seguir, monólogo tras monólogo, poniéndoles el espejo justo donde más les incomoda mirarse: en la evidencia clara, contundente y sin retoque de que la politóloga en Casa Presidencial no improvisa nada, y que cada vez que le mandan una pregunta con trampa, la trampa se le cierra encima a quien la diseñó, no a quien tuvo que leerla en voz alta.

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